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Repartirse un pelado

  • Mercedes Perullini
  • 30 sept 2020
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 4 may 2023

Desde el psicoanálisis hegemónico continuamente se patologizan las transformaciones que se dan en la identidad. ¿Qué pasa con las transformaciones sociales en los modos de familia?



Con Emilia tenemos una relación difícil. Ambas amamos al mismo hombre con la misma intensidad: total. En una nota anterior (El nombre de la cosa) intenté exponer la dificultad intrínseca de construir un vínculo cuando ni siquiera existen palabras para nombrarlo. No soy la mamá de Emilia ni biológica ni legalmente, tampoco quiero ser “La mamá” de Emilia, porque ella tiene una mamá ‘biológica’ hermosa, pero yo también estoy maternando a Emi. Entonces ¿qué soy yo de ella? No sabemos. Soy la pareja del papá, convivimos y nos amamos. Tenemos, por supuesto, nuestras rivalidades, nuestros momentos de amor-odio, pero por sobre todo tenemos nuestros encuentros (y desencuentros) en el juego.

Pablo, el pelado en disputa, publicó hace poco una nota en la que comenta cuánto le molesta a Emilia que su papá y yo nos besemos (Pegan a un padre) y describe cómo ella está pudiendo decir sus celos pero además cómo estamos pudiendo jugar en familia con eso. Cuando le molesta mucho nuestro amor, busca su chalequito de policía y un palo de goma que Pablo le regaló y nos viene a separar como si fuera la ‘fuerza del orden’. Entonces nos matamos de risa los tres. Con Pablo nos seguimos dando ‘besos de novios’ un rato sin darle mucho lugar a ‘la autoridad’, después nos separamos un poco, en seguida Emilia quiere darle besos al padre y que yo los separe, o que nos besemos y abracemos ella y yo, y que sea Pablo el policía, y así podemos terminar abrazados los tres, separados los tres o en cualquier situación intermedia. Por supuesto también le molesta el amor entre Pablo y Florencia (su mamá biológica), y también les intenta separar y se dan escenas similares a la anterior pero de a cuatro o entre ellos tres. Las posibilidades son muchas.

Y justamente son muchas las posibilidades porque tenemos una familia poco convencional. ¿Por qué tendría que preocuparme o angustiarme que la persona que amo y con quien armo un vínculo sexo-afectivo fuerte, ame a otras personas de una forma tan intensa como me ama a mí? ¿Es patológico que eso no me preocupe, que pueda aceptarlo o incluso que me guste esa capacidad de amar profundamente que tiene mi pareja? Pareciera ser que, si se trata de su hija Emilia, ‘El psicoanálisis’ me dice que está bien, pero si se trata de Florencia no termina de estar del todo bien la cosa. Por suerte no somos tan freudolacanianes en casa.

Desde el psicoanálisis hegemónico continuamente se patologizan las transformaciones que se dan en la identidad (especialmente aquellas en relación con la identidad de género y a la sexualidad). ¿Qué pasa con las transformaciones sociales en los modos de familia? ¿Cómo pensamos el poliamor, la filiación múltiple y las diversas formas de vincularnos que no cuadran en el modelo de familia ‘tradicional’? Considero que se aborda el tema como si fuera algo ‘raro’ pero no en el sentido de ‘poco frecuente’ sino en tanto comportamiento que denota cierta patología o cierta disfunción en algún sentido no del todo especificado, por cierto. Creo que en el fondo se sigue pensando en términos de familia mononuclear y pareja heteronormada, aunque se mantenga una aparente apertura.

En la nota Globalización y puerilidad, Eduardo Smalinsky nos recalca cuánto tenemos para aprender de les niñes y su capacidad de jugar. En este sentido, creo que para poder entender estos modos de vincularnos hay que volver ahí, a la infancia, a las maneras en que vamos dibujando esa interfaz yo/no-yo, subjetivando y subjetivándonos, enfrentándonos a tener que hacer con la alteridad, la otredad. No es una transición fácil, pero el constituirnos como individuos adultes presupone atravesar este proceso resolviendo estas cuestiones mejor o peor, pero en el mejor de los casos se puede compartir el amor de ese ‘Otro materno’ con les hermanes, por ejemplo, se puede compartir la atención y la mirada de le docente, etc. ¿Por qué volveríamos atrás en esta conquista tan importante a la hora de vincularnos sexo-afectivamente como adultes?

Como sociedad tenemos un largo camino por recorrer en estos temas. Establecer vínculos más libres tiene distintas dimensiones y tal vez la sexual no sea la más escabrosa. Creo que lo que realmente cuesta es compartir el amor, porque el amor es total, no puede acotarse y esta imposibilidad de ponerle límites, asusta. Entre personas que se aman, el vínculo puede transformarse y lo que se modifica es la forma que ese amor adquiere, pero el amor en sí puede ser para toda la vida, puede ser intenso, enorme, completo. Como dice el actor Carlos Casella en una entrevista que dio recientemente (revista Viva): “…Hoy puedo ser tu pareja; mañana, tu amigo; pasado, tu maestro. Siempre te voy a amar, pero no siempre voy a ocupar el mismo lugar en tu vida. Creo en un amor transformador y que pueda transformarse. Se es muy injusto con el amor, se lo priva de muchos aspectos posibles, se recortan sus potencialidades. Se lo cristaliza injustamente y por lo general se lo obliga a decepcionarnos. El amor es todo.”

Con Emi compartimos muchos momentos de juego, juegos que son solo nuestros, y ahí podemos amarnos y odiarnos sin riesgos. En ese terreno podemos hablar de nuestros problemas sin centrarnos tanto en las palabras, podemos hacer con esos celos y con esa rivalidad. Uno de nuestros juegos preferidos es la peluquería. Somos amigas y juntas tenemos un local en el que a veces peinamos muñecas, otras veces jugamos a que el champú es tintura color verde y ella es mi clienta durante el horario del baño.

También aprovechamos los ratos en que estamos solas para contarle a la otra sobre las novedades de nuestro local (siempre nos pasan las cosas más insólitas y disparatadas). Una tarde, Pablo volvió del trabajo con un set de masas de colores y al principio nos pusimos a armar distintos objetos de coloridas formas, pero el juego se puso realmente divertido cuando Emi empezó a tapizar la cabeza de Pablo con parches de colores. Por la noche, Emi y yo cenamos juntas y, como es habitual, charlamos sobre la peluquería. Me tiraron la pelota y pateé al arco: ¡No sabés lo que pasó esta tarde!, le dije, ¡Vino un pelado! Y juntas nos reímos de lo insólito de tener un cliente pelado en la peluquería. Fui relatando toda la escena ridícula, en la cual mi supuesto cliente pedía renovarse, hacer algo moderno en su cabeza y cómo yo iba pensando distintas posibilidades, hasta que se me terminó ocurriendo hacerle una peluca multicolor con masa. Pero durante mi relato iba quedando cada vez más claro que el pelado en cuestión me gustaba mucho, y yo necesitaba encontrar alguna propuesta para hacerle, de manera de retenerlo en el local un tiempo más. En un momento, la miro con toda la complicidad de amigas y le digo: Me parece que estoy enamorada de este pelado. Y ella me confiesa: Ay, yo también lo amo. ¡¿Y qué hacemos?!, le pregunto. La próxima vez que venga a la peluquería, llamame, amiga, me pide ella. Sí, dale, le respondo. Y terminamos ambas diciendo: ¡Es hermoso!, ¡Sí, es tan lindo!

Me quedé pensando que aquí hay una doble lectura. Por un lado, vemos que a partir del juego Emi puede habitar esa zona neutral que le permite hacer con sus celos, tiene allí otras maneras de transitarlos. Pero por otro lado, que como amigas estemos pudiendo compartir el amor de Pablo puede tener que ver con el hecho de que con Florencia no tengamos conflicto allí. Tal vez la única dificultad resida en que no existe nombre para nuestro vínculo, ni para el vínculo entre Florencia y Pablo. No deja de llamarme la atención, porque me parece algo evidente y tangible el amor, ese amor total que tiene posibilidad de transformarse y transformarnos. Y sin embargo pareciera que, como sociedad, esperamos que se rompa el vínculo, porque ni siquiera tenemos palabra para nombrarlo.



*Investigadora (CONICET) y docente (UBA), mercedesp@qi.fcen.uba.ar


Nota publicada originalmente en Notas Periodismo Popular.


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