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Si mañana no es hoy, es tarde

  • Sebastián Plut
  • hace 13 minutos
  • 16 Min. de lectura


por Sebastián Plut (*)


En esta nota, Sebastián Plut nos presenta un análisis de comparación entre las formas que adoptan el odio y la crueldad, así como sus motivos, estrategias y consecuencias, tal como se plasman en la figura histórica de Hitler y en el actual presidente argentino.



Aunque debamos matizar las reflexiones que asemejan a Milei con Hitler, la sola frecuencia de tales reflexiones debería ser motivo de inquietud. De hecho, recientemente Carlos Rozanski publicó un libro (De Hitler a Milei) en el que expone notables similitudes. Desde luego, aunque el parentesco sea parcial, su valor reside en el hallazgo de semejanzas en sus historias personales, en fragmentos discursivos, contenidos ideológicos, y en las conductas de sus seguidores y de sus funcionarios. Al mismo tiempo, los argumentos de quienes lo defienden ante la comparación no despejan las resonancias que persisten pese a las diferencias. 

Para examinar, entonces, las posibles analogías, sus limitaciones, alcances y función, es conveniente, primero, exponer algunas premisas que encuadran el análisis. Luego, y con el auxilio de otro reciente libro, Síndrome 1933 (de Siegmund Ginzberg), ya sí expondré las referencias que fundamentan la comparación. 


Premisas del análisis

1. Ninguna analogía exige una identidad absoluta entre los términos. Estamos hablando de dos movimientos políticos diferentes, en dos países y épocas también diferentes, por lo que sería muy sencillo destacar los aspectos desiguales; 

2. Nuestra comparación tiene cuatro resortes: a) los trazos ideológicos y discursivos comunes; b) los gobiernos autoritarios que no surgen de golpes de Estado sino por medios democráticos; c) la estructura retórica supremacista (esto es, qué destino -exclusión y/o exterminio- se le da a quien es considerado diferente); d) el uso de términos (como nazismo o fascismo) con un sentido también metafórico (cuando hablamos de prácticas inquisitoriales o prejuicios medievales no esperamos encontrar a nadie blandiendo una espada o usando sotana); 

3. Hasta aquí sintetizamos en dos nombres propios (Milei y Hitler), aunque con ellos abarcamos también a sus seguidores, funcionarios y parte de la prensa; 

4. La comparación también posee un valor predictivo y, por lo tanto, es pertinente una reflexión sobre el sentido de un pronóstico.  


Algunas hipótesis

Si desde el punto de vista político el gobierno libertario y de ultraderecha expresa un conjunto de contenidos ideológicos, desde el punto de vista de la psicología social es indisociable de una regresión comunitaria. Esto es, la admisión de un gobierno antidemocrático y antipopular es correlativa de la pérdida de ciertos diques y frenos sociales inhibitorios, la ruptura de ciertos pactos y alianzas que fundan la cultura, y la entronización del individualismo, el odio y la indiferencia. En este sentido, si Milei es un factor que promueve y profundiza dicha regresión, también es necesario pensarlo como un producto, una consecuencia de la misma regresión. 

En este sentido, la analogía no se limita a los parecidos personales e ideológicos entre Milei y Hitler, o entre los libertarios y los nazis, sino a la particular configuración de la sociedad en determinados momentos históricos y que los hace/hizo posibles: ¿Hasta dónde una sociedad consiente su propia regresión? 

Con esta pregunta ingresamos en el campo de los pronósticos y, en consecuencia, podemos preguntarnos qué pasará en el futuro dadas las semejanzas que intuimos. Sin embargo, es preciso dimensionar la orientación que seguimos. En efecto, si la analogía que sospechamos tiene consistencia, ello no nos convierte en adivinos del futuro, pero sí nos impone la tarea de evitar que suceda. Se trata de enfocar nuestros pensamientos y acciones en el presente, por lo que podría ocurrir; no porque tengamos certeza de los acontecimientos del mañana, sino porque en la actualidad las señales son un indicador suficiente. De allí el título de este texto, “Si mañana no es hoy, es tarde”. Tal vez, algo parecido pensó Freud, durante la Primera Guerra Mundial, cuando escribió: “Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte”.


¿Por qué hoy?

No se trata solo de Milei y de quienes forman parte del gobierno. Se trata, más bien, de una reflexión sobre el tejido social, sobre la descomposición del mismo. En todo caso, como afirmó Winnicott en su ensayo sobre la democracia, el estudio del desarrollo emocional de la sociedad y del individuo deben realizarse simultáneamente. 

La inquietud sobre el futuro no anida en una certeza apocalíptica (que, de hecho, es el paradigma que utiliza la derecha para conseguir votos). Al contrario, nuestra intranquilidad por el porvenir se despierta por la ominosidad que vivenciamos en el presente. Y aunque siempre sea incierto cuánto podremos evitar una tragedia, la urgencia es hoy. 

Me permito citarme a mí mismo, dos breves referencias. Una de ellas es de un artículo que publiqué en Página/12 en septiembre de 2018, cuyo título era “Si no es ahora, ¿cuándo?”. Allí analicé una frase que escuchábamos ante cualquier crítica al gobierno de Macri: “Hay que darle tiempo”. En ese momento afirmé que esa respuesta “se trataba de una falsa razonabilidad que solo buscaba imponer un ominoso silencio y neutralizar toda señal de la alerta”.

La segunda cita corresponde a una entrevista que me hicieron desde Casa América Cataluña (España), cuando transcurría la pandemia. Entre otras cosas me preguntaron si yo creía que la crisis sanitaria cambiaría nuestra manera de entender el mundo. Por mi parte, respondí: “Lo que yo me pregunto es, una vez que todo esto concluya, ¿qué haremos con nuestros recuerdos de lo vivido durante esta etapa? Ya sabemos que no siempre los humanos aprovechamos bien nuestras memorias”

El drama humano, entonces, se cifra entre quedar desprevenidos frente al futuro y olvidarnos del pasado. Entonces, ¿no será que esa cifra explica la actual ausencia de una movilización popular que reaccione para frenar las agresiones de un gobierno cruel? 

Agreguemos tres caracteres: por un lado, que el lenguaje prevalente (en funcionarios del gobierno y sus seguidores) no se caracteriza solo por su contenido ideológico sino por el insulto, la acusación y la descalificación; por otro lado, que la simplificación de sus argumentos se basa no solo en decir falsedades sino en producir una ruptura de los enlaces causales (por lo tanto, no permite anticipar el futuro, sacar conclusiones, ni relacionarnos unos con otros). Por último, que ante cada acto de crueldad manifiesta, resulta espantoso que sus seguidores solo atinen a exhibir silencios, minimizaciones, justificaciones y/o negaciones. Entonces, es conveniente una advertencia: ¿no debemos admitir que estos caracteres nos han contagiado a todos, en mayor o menor medida?


¿Será farsa?

Es conocido el agregado de Marx, en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, a la tesis hegeliana sobre la repetición de los grandes hechos y personajes de la historia: primero como tragedia y luego como farsa. Si solo ocurren dos veces y la segunda como farsa son hipótesis a verificar, pero en cualquier caso, desde Freud en adelante, no podemos comprender la historia por fuera de la compulsión a la repetición. Quizá, algo de esto anticipó el propio Marx en aquel texto cuando advirtió que “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

Ginzberg escribió Síndrome 1933 motivado por lo que él mismo siente como un déjà vu, esto es, el resurgimiento de partidos y gobiernos de ultraderecha en diferentes países de Europa y América le evocan los sucesos que en Alemania condujeron al triunfo de Hitler en 1933. Sin embargo, formula una distinción: “hay una diferencia con el pasado, esta vez sí que los vemos venir”.

Allí donde Ginzberg conserva cierto optimismo, yo pondría una doble duda: por un lado, si efectivamente los vemos venir y, por otro lado, aun en caso afirmativo, si esta visión tendrá alguna eficacia. Temo que la repetición, el déjà vu, no solo comprenda el retorno de la pulsión nazi sino, también, a la regresión social que fue su condición. Recordemos que para Freud tras un déjà vu hay el recuerdo de un “designio inconciente no ejecutado”.


- Confusión, minimización y banalización

¿Cuántas veces fueron dichas frases como “no va a pasar nada”, solo a condición de negar las advertencias? Crisis políticas y económicas, catástrofes naturales y desgracias familiares, podrían haberse evitado si tan solo se hubieran tenido en cuenta algunas señales. Afectos como el odio, la indiferencia o el miedo, desde luego, contribuyen a la confusión y la minimización. Hoy escuchamos todo tipo de justificaciones y negaciones de lo obvio, tal como ocurrió, recientemente, con el saludo nazi exhibido por Elon Musk quien, además de ostentar un discurso segregacionista, públicamente apoya a un partido nazi alemán. 

Por algo el propagandista nazi Goebbels escribió en su diario, “tuvimos la suerte de que los marxistas y la prensa judía no nos tomaron en serio durante todo ese período” [hasta 1933] (de aquí en más, a menos que se indique otra cosa, todas las citas sobre el período nazi corresponden al libro de Ginzberg).

Ante las críticas que recibió el gesto de Musk, ocurrió lo que era esperable: burlas y agresiones para que, sencillamente, no creamos en lo que vimos con nuestros propios ojos. 

¿De qué otro modo habría sido posible que León Blum, judío y líder de un partido francés de izquierda, pensara que Hitler “representaba lo nuevo, el cambio, la renovación”? Blum terminó sus días en Buchenwald, un campo de concentración. Hasta en la Organización Central de Judíos Alemanes “estaban seguros de que nadie se atreverá a tocas nuestros derechos constitucionales”. Curiosamente, “cuanto más prestigiosos eran [quienes hacían análisis y pronósticos], menos acertaban”.

En 1933 sorprendió que Hitler triunfara tras “un pacto de Gobierno entre dos partidos que se habían insultado hasta el día anterior”. No hace falta recordar los agravios que se dirigían Javier Milei y Patricia Bullrich “hasta el día anterior”. Sin embargo, podemos considerar las reacciones de la oposición que se limitaron a ironizar sobre el pasaje desde los insultos a los elogios, o a denunciar que pese a los insultos entre ellos no había tantas diferencias. En esas observaciones algo quedó desestimado: advertir qué sigue a partir de un gobierno que reúne en su seno a dirigentes que fueron capaces de agredirse de tal manera. 


- Discurso falso

Aunque desde hace pocos años se popularizó el término fake news, el uso de las mentiras en la propaganda política fue explotado con destreza por los nazis. Ellos entendieron que “lo que importa de una mentira no es su veracidad ni su verosimilitud, sino las emociones que despierta”

Hay que subrayar que las emociones despabiladas por las mentiras son, sobre todo, de índole negativa, en particular el odio. A su vez, inundar de mentiras la escena pública tiene otro efecto: en lugar de expresar la indignación cuando se revela la falsedad en la que se creyó, la consecuencia es doble: esperar más mentiras en las que seguir creyendo y, en simultáneo, empezar a sentir que todo, absolutamente todo, es mentira. 

Asimismo, dos procesos se van configurando como corolario: una creciente confusión (en que ya no tienen relevancia los argumentos ni un mínimo de razonabilidad) y lo que denominamos una desinvestidura de la realidad, que condensa el desinterés por los hechos, por la verdad y por la argumentación.


- Discursos de odio

Los discursos de odio se componen de violencia verbal manifiesta, falsedades, prejuicios y generalizaciones. En la arena política, la ultraderecha no discute ideas, ni se acota a la crítica de la cosmovisión ajena, sino que combina insultos que condensan referencias a la inmigración, a la sexualidad, al delito, etc., considerando al otro como un portador de todo eso junto y, en consecuencia, un enemigo al que hay que eliminar. 

Así fue la propaganda nazi y, de hecho, el “mito de Hitler se alimenta de la depravación sexual”. Es decir, a los enemigos (judíos, comunistas, etc.) se les atribuía cuanta perversión y crueldad sexual existiera, además del ejercicio abusivo del poder económico y una degradación producto de la inmigración.

Algo equivalente publicaba la prensa: “Los diarios de derecha cargaban contra la confusión moral, la laxitud, la condescendencia culpable hacia los criminales… Del exterminio de criminales al exterminio por razones raciales había apenas un paso”.

Anotemos lo siguiente: cuando la derecha avanza en políticas más duras contra quienes cometen delitos, la denominada “mano dura”, es razonable que objetemos esa cosmovisión, a condición de no olvidar que el propósito de la derecha no acaba allí, sino que inevitablemente busca expandir el círculo de quienes serán considerados criminales. De hecho, el silogismo espontáneo, naturalizado, de la época era: “Los judíos son inmigrantes / los inmigrantes son delincuentes / todos los judíos son criminales”.

Hace poco tiempo circuló un video de Agustín Laje en el que decía: “El pueblo kirchnerista es lo peor que ha dado la sociedad argentina: vagos, atorrantes, delincuentes, corruptos, parásitos, mentirosos, malas personas, violadores, pedófilos. Es lo peor. Si vos tomás todas las características negativas de una persona, es el pueblo kirchnerista”. Si sustituimos pueblo kirchnerista por pueblo judío, y sociedad argentina por alemana, no costará mucho darse cuenta del horror que nos amenaza.  

La complejización anímica y comunitaria, plantearon Freud y Lacan, exige procesos recurrentes de descondensación y diferenciación. A la inversa, los procesos de creciente condensación son regresivos y, en consecuencia, la violencia propia de la descomplejización va en aumento. Ejemplo de ello es un gobierno en el cual solo tres personas parecen ser las que toman todas las decisiones, o un ministerio que agrupa lo que antes eran cuatro ministerios y, discursivamente, cuando la palabra “zurdo” no solo se emplea como insulto sino que condensa una diversidad de tradiciones e identidades. 

Por este y otros motivos hemos afirmado que la ultraderecha no realiza una batalla cultural sino una batalla contra la cultura. Es decir, cuando por medio de la generalización pasan de la persona al grupo (prejuicio), finalmente, no instalan ningún desarrollo cultural sino que solo atinan a excluir y matar personas.


- Paradojas y pensamiento apocalíptico:

En el contexto de la instalación de los discursos falsos y de odio, los seguidores de la ultraderecha (aunque quizá deberíamos decir el conjunto de la sociedad) quedan atravesados por contradicciones y vivencias de fin de mundo. Por ejemplo, a Hitler “lo habían votado porque de cualquier forma las cosas no podrían ir peor”.  Es urgente, pues, estudiar qué ocurre cuando las preferencias desisten de toda expectativa de mejora y, cuanto mucho, reina un escepticismo o una entrega desfalleciente. 

De hecho, es desconcierto lo que nos produce cada ocasión en que un dato negativo sobre Milei o su gobierno, en lugar de esmerilar su imagen, acrecienta la aceptación de quienes adhieren a él. Así ocurrió cuando comenzó a circular el mote de “loco”, cuando exhibió una deficiente capacidad oratoria, o en cada ocasión en que manifiesta su violencia verbal. Imaginábamos que resultaría intolerable incluso a sus votantes, pero sucedió a la inversa. Que nada de ello tenga el efecto que suponemos a priori deriva de las pasiones hostiles que prevalecen y de la sensación de hastío, de que “las cosas no podrían ir peor”

Recordemos que “acabó votando a los nazis la gente que en las elecciones previas se había abstenido, había desertado de las urnas, había desistido, hastiada de la política”. Votaron por Hitler quienes “habían dejado de creer en la República y en la Carta Magna, estaban desengañados de la democracia. Preferían votar por quien prometía algo nuevo”.

Los electores de Hitler, pues, fue “gente desengañada y resentida que cree haber identificado al responsable de sus frustraciones en el judío, en el que «gana dinero a su costa», así como en los privilegiados y los intelectuales que los tratan con suficiencia, en los políticos «traidores al pueblo», por los que se sienten abandonados. Se vuelven hacia los únicos que parecen dispuestos a escucharlos, con los que pueden ventilar sin complejos su amargura, los que no les reprocharán falta de educación… al contrario, los incitan a desahogarse. Sus quejas rezuman ignorancia, rencor, odio y fanatismo. Ojalá se tratara de cretinos o de locos. Pero, para nuestro espanto, son auténtica vox populi”. Donde Ginzberg dice “judío”, hoy podemos decir “casta”, “kukas”, “actores”, “feministas” o “zurdos”, pero se repite el desahogo de rencor y fanatismo.


- La libertad de odiar la democracia

A diario somos testigos de que la libertad de los libertarios, presuntamente basados en “el principio de no agresión”, no solo no evita la violencia, sino que la promueve junto con una ideología supremacista. Como reza el subtítulo de este tópico, se trata de la libertad de odiar la democracia. 

A comienzos de 1930, Theodor Wolff decía: “Quien crea que alguien puede imponer un régimen dictatorial a la nación alemana está muy equivocado… la propia diversidad del pueblo alemán hace imprescindible la democracia”

Hasta no hace mucho en Argentina creíamos lo mismo y, por momentos, seguimos ilusionados en que la democracia de nuestro país, por su pasado reciente, resistirá cualquier embate dictatorial. Ojalá que así sea, no obstante se impone dudar de nuestras certezas. 

“Pocas semanas duró la resistencia del Parlamento a darle a Hitler, con los necesarios dos tercios de los votos, plenos poderes, hurtando así toda capacidad de decisión a los diputados que habían avalado dicha medida”.

No parece necesario abundar en hechos recientes (Ley Bases, etc.) para insistir en las analogías, pues no se trata tanto de la coherencia ideológica entre legisladores y ejecutivo, sino de neutralizar uno de los poderes del Estado (el Congreso), para disolver la razón democrática. 

Mientras tanto, los votantes de Hitler “se mostraban satisfechos de que los nazis cumplieran su promesa de orden, disciplina, normas. La mano dura e incluso la brutalidad, lejos de dañar la reputación de Hitler, gozaban de una amplia aceptación”

No es menor la coincidencia cuando aquí se destaca, como logro del gobierno de Milei, haber terminado con los piquetes, reprimido violentamente las manifestaciones y quebrado toda relación con quienes piensan diferente. Una vez más, nada de eso opaca la imagen del presidente. 

En suma, “los nazis exhibían su maldad sin complejos. Y en eso se basaba gran parte del apoyo de la gente. Les brindaba una aceptación abrumadora. La bondad fue desterrada por aclamación popular”. Podemos llamarlo bondad, solidaridad, protección social, jubilaciones, programas de asistencia, políticas de la memoria (y un largo etcétera), y cada uno de estos significantes queda diariamente atacado y, como entonces, con una “aceptación abrumadora”.

En el humor social de la víspera del nazismo hacía “falta muy poco para que una rabia ligera, un afable «yo no soy racista, pero», se transforme en odio implacable”. Aquel “pero” contiene la clave de su posible mutación acelerada. Hoy no se requiere una lectura demasiado suspicaz para entrever, explícita o no, la presencia de adversativos similares: “yo no soy homofóbico, pero…”, “yo soy democrático, pero…” e, incluso, tras el aparente filosemitismo, posiblemente los libertarios no demoren demasiado en recuperar su judeofobia del arcón de sus odios atávicos. 

“Ha llegado el momento -decía Hitler- de ir preparando psicológicamente al pueblo alemán para que asuma el hecho de que hay cosas que no pueden conseguirse por medios pacíficos”. El ataque al periodismo más una prensa cómplice de la propaganda nazi fue parte de la estrategia y de los métodos: “Los nazis odiaban los periódicos y a los periodistas. Se regocijaban con el desapego, incluso el creciente desprecio de los lectores hacia la prensa y la política… La irrupción de Hitler y las amenazas a la libertad de prensa habían despertado el interés de los lectores por las noticias, aunque no por la política”. Incluso, aun antes del ascenso de Hitler, “la prensa había fomentado la aversión a la política y a los políticos y la repulsión hacia la democracia”.

De modo equivalente a cómo los nazis explotaron en aquel momento el uso de la radio, hoy los libertarios utilizan las redes sociales. Milei, sus funcionarios, trolls e influencers, minuto a minuto, y de manera sincronizada, cada día eligen un tema y un enemigo, que podrá ser empleado público, investigador, docente, inmigrante, político, periodista, pero siempre será -para ellos- un zurdo. El propio Milei, no hace mucho escribió en la red X: “los vamos a ir a buscar hasta el último rincón del planeta. Zurdos hijos de putas tiemblen”.

Más aun, un rumor reciente señaló que el gobierno hizo circular una encuesta tanteando si los argentinos soportarían un régimen autoritario: “¿En qué país prefiere vivir?: 1) “Uno con un gobierno democrático que respete los derechos individuales”; 2) “En un país con un gobierno autoritario que logre buenos resultados económicos”; 3) “No sabe / No contesta”.


La lengua de los libertarios

He intentado no solo sintetizar los parentescos ideológicos entre la ultraderecha libertaria y el nazismo, sino especificar el particular uso que hacen del lenguaje (a través de prejuicios, insultos, amenazas, etc.) y, especialmente, el clima de época (que describí como una regresión social) que se compone de adhesiones acríticas, habilitación del odio, minimizaciones, etc.  

En La lengua del Tercer Reich, Víctor Klamperer dice sobre Hitler: “Jamás he logrado comprender cómo con esa voz, que era todo menos melodiosa, forzada hasta el grito, con esas frases burdas, a menudo ni siquiera en un alemán correcto, con esa retórica falsa, tan ajena al estilo de la lengua alemana, fue capaz de conquistar a las masas, manteniéndolas cautivas durante un tiempo espantosamente largo”.

La dificultad de comprender expresada por Klamperer podemos sentirla también en nosotros mismos, no obstante esa misma incomprensión debe alertarnos seriamente, cuanto menos para no traducir el “no entiendo” en “no puede ocurrir”. 

Como sea, este uso del lenguaje debe ser comprendido, insisto, no solo en virtud de quién lo realiza sino por sus resonancias en un amplio sector de la sociedad que lo reproduce y amplifica. Si a Hitler “le convenía la agresividad verbal contra todos los partidos”, no menos provechosa parece resultarles a los libertarios. Y, una vez más, esta agresividad no consiste meramente en aumentos del volumen de voz y/o en insultos convencionales, sino que apunta a la deshumanización del otro, paso previo a la posibilidad de su exterminio. En efecto, en el diccionario libertario zurdo es sinónimo de delincuente, parásito y excremento, y todo al mismo tiempo. 

“Desde el principio los nazis demostraron ser unos campeones del insulto, de la hipérbole polémica, de las groserías lanzadas contra los opositores, los judíos y cualquiera ajeno al «pueblo» … Acompañó su ascenso un «a la mierda» incesante, reiterado, infinito… El público no se limitaba a escuchar en actitud pasiva. Participaba alborotando, aplaudiendo, coreando consignas. Se parecía a las tertulias televisivas actuales”.  

Hallar la similitud entre la lengua de los nazis y la de los libertarios no requiere demasiado esfuerzo, aunque la angustia por los desenlaces se anuda, profundamente, a la reacción del “público” que describe la cita. 

Por caso, si tomamos actualmente la red X, cabe analizar su influencia por los contenidos ideológicos que vehiculiza y que el algoritmo se ocupa de distribuir, y por ser una vía de desparramo de insultos, agresiones, amenazas, etc.

Por lo mismo que durante el nazismo, “el agitado fanatismo de sus adeptos era objeto de burla [y] su violencia no parecía una amenaza para la democracia”, es que hoy debemos maximizar nuestra prevención. El riesgo de la burla ha sido subestimar la posibilidad de que Milei ganara las elecciones, y que desestimemos la actual amenaza para la democracia es la continuidad de aquella subestimación de hace poco más de un año y del posible retorno de una de las mayores tragedias de la historia de la humanidad. 

Si ciertas repeticiones son concientes y deliberadas estamos ante un escenario de gravedad, aunque si son inconcientes o contingentes, posiblemente la gravedad sea mayor. Por ejemplo, no sabemos cómo surgió en Milei, en sus tiempos de diputado, la ocurrencia de sortear su sueldo público, pero resulta siniestro cuando leemos que “Hitler había renunciado incluso al sueldo y las dietas de canciller, y se lo consideraba paladín de la honestidad y la moralidad. Sin embargo, esto distaba bastante de la realidad”

Asimismo, no nos extrañan la homofobia, el ataque a la diversidad sexual ni a las políticas de género que ostentan los libertarios. Sin embargo, es preciso comprender que cuando desde el gobierno, sus periodistas o streamers enarbolan esos discursos no lo hacen únicamente por sus prejuicios y falsa moralidad, sino porque, como los nazis, tuvieron “una ocurrencia brillante: mezclar los géneros, unir odio e ideología, escándalos y finanzas, sexo y crimen. Al principio, el tema favorito era el del político corrupto”.

Como ya señalé, habrá quiénes, basados en las diferencias entre libertarios y nazis, resten valor a las semejanzas. No obstante, si de algo sirve la memoria de los genocidios no es para que se congele en monumentos y conmemoraciones del pasado, sino para prevenir tragedias en el futuro. 

Para finalizar, podría decir que este es un texto sobre el odio y la crueldad, sobre sus motivos, estrategias y consecuencias. Y aunque tengamos que insistir en aquellos sentimientos una y otra vez, para describirlos y advertir sobre sus riesgos, no debemos olvidarnos de hablar del amor y la solidaridad, de los lazos libidinales que nos ligan, que son la única posibilidad de sostener cualquier comunidad. 




(*) Sebastián Plut: Doctor en Psicología. Psicoanalista. 


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